África Kenia

Galu Beach

Por el 14 septiembre, 2017

Puede que, de entrada, recorrer la costa de este país africano en verano te parezca una locura. Muchos asociamos este continente con un calor sofocante y cometemos el error de pensar que su agosto debe ser infernal, pero nada más lejos de la realidad. Allí acaba de terminar la estación de lluvias, por lo que todo está mucho más verde, sí, verde, Kenia no es sólo sabana, también hay selva y abundante vegetación. Y el clima es templado, es decir, oscila entre los 20ºC y los 27ºC… más que soportable, ¿no te parece? Además es temporada baja, así que hay mucho menos turismo. La temporada alta transcurre entre noviembre y febrero, con altas temperaturas, cielo azul y miles de turistas en busca del sol de invierno. Vayas cuando vayas, la costa de Kenia no te dejará indiferente.

Durante 5 semanas estuve recorriendo la costa de sur a norte, desde Galu, pasando por Kilifi y Watamu, hasta la isla de Lamu. Unas más parecidas entre sí, otras un mundo a parte… A continuación te hablaré un poquito de cada una de ellas, con algunos consejillos sobre alojamiento, comida y transporte, pero empecemos por el principio…

Aterrizamos en Mombasa exhaustos después de un largo viaje de 2 días con escala de 24h en Casablanca y 8h de espera nocturna en el aeropuerto de Nairobi incluidas (gajes de volar barato). Ya sabíamos del caos que reina en las grandes ciudades africanas, así que para no tener que negociar con los taxistas, y después de comprobar que no resultaba más caro hacerlo, acordamos un transfer con el hostel donde íbamos a alojarnos las primeras noches. Todo un acierto, puesto que te aseguro que no estábamos en condiciones de negociar nada de nada. Además, me hizo mucha ilusión salir y encontrarme con un señor sujetando un cartel con mi nombre, ¡jajajaja! No creo que me vuelva a pasar… Una vez en la furgo, nos adentramos en la selva… esta vez urbana… qué caos, qué locura, calles polvorientas, caminantes en los arcenes, humeantes puestos de comida callejera, vacas, perros, carros de madera transportando mercancías, tuck-tucks, bicicletas, piqui-piquis (moto-taxis), matatus (furgos de mil colores, repletas de luces y pegatinas, con cláxones psicodélicos que no dudan en usar cada 3 o 4 segundos, y que hacen las veces de minibuses de línea, donde se hacinan hasta 15 personas con sus trastos en unos 6 asientos…), camionetas, camiones, autobuses, niños correteando a sus anchas, edificios ruinosos, cableados infinitos, vendedores ambulantes de cacahuetes y anacardos que asedian los vehículos en cada cruce y más cuando vislumbran algún mzungu (así es como nos llaman a los blancos) en su interior. Primera lección aprendida, para ellos, somos “monederos con patas”… En fin, bienvenido a África.

En pocos minutos ya aprendes una segunda y valiosa lección que no olvidarás ni un segundo durante tu viaje, aquí no conducen, se esquivan. En el mismo espacio en el que aquí ponemos 2 carriles, allí pueden coincidir en línea, pero en sentido opuesto, caminante, bici, tuck-tuck, furgo, bus y camión… ¡Ahí es nada! ¡Sálvese quien pueda! La experiencia fue impactante. Iba de copiloto, pero como allí, antigua colonia británica, el volante está a la derecha, yo estaba a la izquierda y tenía la impresión de ser la conductora. A pesar del agotamiento, te aseguro que nos espabilamos rapidito, sobresalto tras sobresalto, no dábamos un duro por llegar vivos a Galu Beach… Sólo los atascos nos permitían dar un respiro para seguir con la odisea. El más largo de todos fue para cruzar el mar con la plataforma. Parte de Mombasa se encuentra en una isla, incluido el aeropuerto y, si quieres dirigirte al sur, no hay puentes que te conecten con tierra firme y tienes que utilizar, previo pago, una de las 2 gigantescas barcazas con forma de plataforma que cruzan el canal en un incesante baile en vaivén. Una es para las personas que van a pie, la otra para los que van en algún vehículo. 30 minutos de espera, 10 de travesía. Encerrados en el coche esperando a embarcar, observamos incrédulos la marabunta humana que se agolpa encerrada en una especie de jaula enorme a la espera de su turno para subir a la plataforma. Hombres, mujeres, ancianos y niños apelotonados contra los barrotes hasta que se abren las compuertas y se convierten en un río humano que corre desbordado hasta la barcaza. Increíble pensar que esta odiosa hazaña forme parte de la rutina diaria de miles de personas que viven y trabajan en orillas opuestas… Una vez que dejamos atrás la ciudad y seguimos hacia el sur, el paisaje nos sorprende por su exuberante naturaleza, una selva costera que discurre paralela al mar durante kilómetros, mientras el gentío y el tráfico van disminuyendo y descubres pequeñas aldeas dispersas a lo largo del camino. Sí que hay un denominador común, circules por donde circules, no importa que sea la carreta principal del país o un polvoriento caminal en medio de la nada, y son “los caminantes”. Siempre verás alguna persona solitaria vagando por los arcenes o por senderos cercanos aunque tu vista no alcance a encontrar la más mínima señal de civilización a su alrededor. Después de una hora disfrutando del trayecto porque, es verdad, me encanta observar la vida en otro lugar, llegamos a nuestro primer destino: Galu.

Galu Beach se encuentra a unos 40km al sur de Mombasa. Se podría decir que es el tramo final de Diani Beach, que es la más conocida de la zona y, en consecuencia, la más abarrotada y sobreexplotada por resorts de lujo. Justo por eso elegimos Galu, de igual belleza, pero más desierta. Aún así, no existen hostels propiamente dichos, pero encontramos lo más parecido en el Bidi Badu, un resort de gama media en primera línea de playa con una zona de cabañas hechas de madera y hoja de palma trenzada, con capacidad de hasta 6 personas en literas hechas con troncos y protegidas por unas más que necesarias mosquiteras y baño. Sencillo, pero suficiente y la ubicación, inmejorable. Se accede por un camino de tierra que discurre paralelo al mar por el que se suceden, a un lado, el que lleva a la playa, elevados muros de roca, cada uno con su enorme portón de entrada tras el que te observa al pasar el correspondiente vigilante armado, y al otro, humildes chabolas con hombres, mujeres y niños que tampoco quitan ojo a los vehículos que se dirigen a cualquiera de los tantos resorts de la zona. Sus miradas no son curiosas, más bien desprenden un desdén que no resulta en absoluto agradable. Esta imagen ya te deja claro que, lamentablemente, más allá de la playa, no será posible salir del hotel a pasear a tus anchas. Una pena. Me sentía como el tipo de turista que no creo ni quiero ser, ése al que llevan en transporte privado con las lunas tintadas atravesando la pobreza para llegar a un falso oasis de lujo… No era el caso tampoco, pero sí mi percepción, en fin… No hay nada que me fastidie más que llegar a un lugar y sentir que no tienes libertad de movimiento ni la posibilidad de juntarte con los locales, afortunadamente sólo estaríamos allí un par de días antes de continuar con nuestra ruta. Un poquito de paciencia y a disfrutar de lo que se pueda. Llegamos a la cabaña, saludamos a los monos que brincaban entre los árboles de copa en copa, soltamos las mochilas, bikini y a la playa. O playazo. Espectacular. Extensión
infinita de arena blanca y fina, suave, agua transparente, camellos paseando, niños jugando, camas colgantes, zumos naturales bien fríos… Paro ya, ¿no? Uf, una maravilla. Pero ojo con la marea, que sube y baja cada 6h y esa variación ronda los 100m. Una pasada a la que no estás acostumbrada si vienes del mediterráneo… Ojito con dónde pones la toalla, si te despistas, acabas inundada. No te pierdas las fotos.

 

Un merecido descanso y, ¡pam! Se me rompen las únicas chanclas que llevaba… Ya tenemos una misión… encontrar repuesto. Pregunté a uno de los trabajadores dónde podía comprar unas chanclas y, muy amablemente, se ofreció a llevarme en coche. Salimos por la reja del vigilante armado una vez más y a los pocos metros vemos a una mujer esquelética, harapienta y sucia, arrodillada en el suelo, bebiendo de un charco de lodo. Al pasar junto a ella, se pone en pie y Luqman me dice que no la mire. En cuanto la dejamos atrás, me explica que en su cultura creen en la magia negra y las energías y que esa mujer está embrujada, que seguramente habría hecho algo malo y le habían hechizado mediante algún rito de vudú o algo parecido… Alucinante. Embrujada, loca o lo que sea, pobre mujer. Un par de kilómetros después, llegamos a una zona de restaurantes y tiendecillas. Nos bajamos del coche y me acompaña a uno de los tenderetes. El tío es un rastafari, como tantos otros, pero está tan fumao que a penas articula palabra y tiene que venir otro vendedor a atenderme. Cual es mi sorpresa cuando me pide 10€ por unas chanclas de goma de lo más cutre… si eres mzungu, es lo que hay. Así que aparté a Luqman y le dije que no iba a pagar eso, que me llevase donde compran los locales, no a tiendas para turistas. Le sorprendió bastante y me preguntó si estaba segura, a lo que le respondí: “Anda, va, tira pal coche”. Salimos al camino de tierra y al cabo de unos 15 minutos llegamos a lo que parecía un mercado de chabolas de uralita. Aparcamos, siendo el foco de atención de esas miradas de desdén una vez más, y me dijo que no me apartase de su lado… no pensaba hacerlo… En una de las chabolas, encontré polvorientas las mismas chanclas que en la tienda para turistas, pero por 1€50. Reto superado. Volvemos al hotel.

Dormir en las cabañas del Bidi Badu cuesta unos 13€ con un rico y potente desayuno incluido. En el bar se come muy bien por unos 8€, aunque hay opciones más baratas. La cerveza, la más común es la Tusker de 500cl, cuesta 2€20 y la Coca Cola, menos de 1€, más barata que el agua. El pan de ajo está exquisito, y el pescado, las pizzas y las pastas, tres cuartos de lo mismo. Se come muy bien.

En la playa encontrarás un montón de “beach boys” que te ofrecerán paseos en barco a diferentes lugares para bucear, pulseras, llaveros o cualquier otro souvenir e incluso cocinar para ti. Pueden llegar a ser muy muy pesados, de modo que si no estás interesado, más vale que les cortes rapidito. En un principio fuimos muy esquivos con ese tema, pero conocimos a Jamal, un tipo encantador, que nos estuvo contando su historia sin ofrecernos nada. Al día siguiente seguimos hablando con él y nos dijo que tenía un dhaw, barco tradicional swahili de madera de mango. Sin duda, ésa era su estrategia de captación, pero nos pareció mucho menos abusiva y le pedimos que nos llevase a navegar hasta una zona de buceo. Nos costó 5€ por persona. Además habló con un amigo para que nos preparase unas deliciosas langostas recién capturadas, 9€. Fue un día completito y estuvimos la mar de a gusto, y si además le ayudamos a ganarse la vida, bienvenido sea.

Como ya he comentado antes, esa zona es bastante selvática y, por tanto, hay mucho bicho, obvio… Lo que no es tan obvio es el tamaño de esos bichos. Las arañas, inofensivas patas largas, son del tamaño de mi mano, los ermitaños enormes campan a sus anchas durante la noche, los ciempiés parecen longanizas por su grosor y longitud, pero también son inofensivos. Multitud de cangrejos blancos y preciosas e imponentes mariposas. Los monos son muy graciosos, sí, pero ándate con ojo, tienen un punto ladronzuelo bastante acuciante y como te despistes, se llevan lo que puedan, ¡además de cagarte la ropa tendida!

En resumen, Galu es una playa espectacular, pero el ambiente no va conmigo. ¿Qué si volvería? Pues no, jajaja, y menos después de descubrir las otras playas situadas más al norte del país donde sí puedes sentirte libre.

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