Por el 13 julio, 2017

Sin lugar a dudas, uno de mis lugares favoritos de Tailandia. Es un pequeño pueblo situado al noroeste de Chiang Mai, muy cerca ya de la frontera con Myanmar, antigua Birmania. Refugio de artistas locales e inmigrantes birmanos, Pai fue el primer lugar en el que por fin el tiempo pasaba despacio y la calma reinaba por doquier. Zen total. La mejor, y me atrevo a decir única, opción es alquilar una scooter por 1.50€ al día y recorrer los alrededores que están llenos de sorpresas. A 1km, cruzando el puente principal del río, encontrarás una enorme escalinata que trepa por la ladera de la montaña hasta llegar a la cima donde un buda gigantesco vigila el valle. Es el Wat Phra That Mae Yen. La vistas son espectaculares, perfecto para ver el atardecer y oír desde lo lejos cómo retumba en cada recoveco el himno de Tailandia, como cada día, a las 18h, cuando el mundo se paraliza unos segundos en este particular ritual. Por la misma zona se encuentran las Hot Springs, unas termas naturales, aunque hay que pagar entrada. Nosotras no lo sabíamos y cuando llegamos allí ya era casi la hora del cierre, así que nada de nada, pero justo en la entrada hay un manantial ardiendo, una humeante estampa que vale la pena. Además vimos a un hombre que junto a su hija pequeña, metía algo en el manantial con la ayuda de una rama y nos acercamos a ver qué hacía. La hija nos miraba sonriente y con gestos, puesto que no hablaba inglés, el hombre adivinó nuestra curiosidad y nos enseñó una bolsa en la que había metido huevos, verduras y algo de pescado, la ató, y con la rama la metió junto a la otra bolsa que ya tenía en el fondo del manantial sujetada con piedras para que no flotase. Estaba cocinando… Creímos entender que esta práctica formaba parte de su rutina habitual. Les pedí permiso para fotografiarles y asintieron con una maravillosa sonrisa. Te aconsejo que antes de hacer fotos a los locales, a menos que seas muy discreto o el plano sea muy amplio y general, pidas permiso. Puede que no les guste que hagas fotos a sus hijos o mujeres. Por la misma zona está la genial escuela de circo. Eso sí que es una asentamiento hippie y lo demás son tonterías. Está en la ladera de la montaña, con unas vistas privilegiadas del valle. Tiene un montón de cabañas dispersas por el amplio terreno que abarca y muchas zonas comunes. Una enorme explanada en la que puedes ver a la gente procedente de todos los rincones del mundo practicando malabares, funambulismo y demás habilidades circenses. Una cafetería al aire libre, protegida por un altísimo tejado de cañizo, una piscina de color un tanto dudoso y , junto a ella, una barra de bar con un par de billares destartalados y sofás y sillones viejunos con lámparas de cristales de colores que dan un buen rollo muy chulo. Perfecto para tomarse unas cervecitas disfrutando del panorama.

En dirección opuesta, a 2km se encuentra el Wat Nam Hoo, un templo con jardines, mercados y un buda. Y a 8km, no te pierdas la cascada Nam Tok Mo Paeng. Y todo esto, recorriendo caminos que surcan los campos de arroz, donde verás cómo se desarrolla la vida rural esquivando algún que otro elefante y a unas cuantas ancianas que, en medio de la nada, te harán señas de ofrecimiento para que te detengas, no te equivoques, no necesitan ayuda, lo que quieren es que les compres un poquito de lo que están fumando ellas… opio… ¡casi ná!

Ya de vuelta en Pai, disfruta del mercado vespertino de truck food en míticas furgos VW y el pequeño night market, lógicamente mucho más pequeño y tranquilo que el de Chiang Mai, nada que ver. También es verdad que después de un fin de semana en los famosos mercados de la cuidad, cuando llegas aquí, estás algo saturado ya de ver la misma mercancía una y otra vez.

En cuanto al alojamiento, la oferta es muy amplia. A nosotras nos habían aconsejado los backpackers que están al otro lado del río, son más hippies y el ambiente mochilero está muy bien. Lamentablemente, 2 días antes de que llegásemos, hubo unas inundaciones tremendas y la crecida del río se había llevado por delante un puente y gran parte de las instalaciones de esos albergues que aún estaban rescatando de entre el barro las maderas para volver a montarlo todo. Así que no tuvimos más remedio que quedarnos en unas cabañas algo más pijas, pero chulísimas, así que no hay mal que por bien no venga. Aunque al día siguiente, ya de ronda con las motos, descubrimos de camino al buda en lo alto del valle, un par de albergues con muy buena pinta que, al estar más altos, no habían sufrido las consecuencias de la crecida del río.

Para llegar a Pai desde Chiang Mai, hay 2 opciones: 1 bus diario que cuesta 80THB (2€) y tarda unas 4h, o una furgo con salidas cada hora, por 150THB (casi 4€) y 3h de ruta. La carreterita se las trae y, aunque está bien asfaltada, su gran pendiente y un sinfín de curvas ponen a prueba el estómago de todos, propensos o no a marearse. Aún así, la visita vale mucho la pena si lo que quieres es moverte con total libertad y tranquilidad por parajes maravillosos.

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